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En medio del Puerto de Mahón, aproximadamente a media distancia entre la bocana y la “colársega”, se encuentra la Isla del Rey, así llamada porque fue la primera tierra menorquina que pisó el rey Alfonso III cuando vino a conquistar Menorca a los musulmanes, en el año 1287. Antes de esto se la conocía como la Isla de los Conejos.

La Isla del Rey, con una extensión de 41.177 m2, tiene una forma ligeramente triangular y cuenta con dos embarcaderos, uno en la parte norte y el otro al sur, el más utilizado, delante de la cala Fontanillas. Prácticamente ocupada por el antiguo edificio del hospital militar, conserva, en la zona de levante, un recinto cerrado que protege los restos de la basílica paleocristiana del siglo VI.

En el siglo XVIII, poco después de instalarse en Menorca, el gobierno inglés expropió la isla a sus propietarios para construir un hospital destinado a la marinería.

El año 1711, siendo comandante jefe de la escuadra del mediterráneo sir John Jennings, se edificó un primer hospital, espacioso y ventilado, según los croquis de la época, que funcionó más de 60 años hasta ser sustituido por el actual edificio de bellas líneas barrocas, construido en los años de la segunda dominación inglesa.

Durante el gobierno de Moystin se colocó, con toda solemnidad, la primera piedra del nuevo edificio por parte del baronet sir Peter Denis, contralmirante de la Escuadra Roja y comandante jefe del Mediterráneo, el día 30 de octubre de 1771, según se expresaba en una placa de cobre localizada en 1906, cuando se demolió parte del edificio para ser restaurado.

El nuevo hospital, construido entre 1771 y 1776, tiene dos plantas que se abren en forma de “U” alrededor de un jardín. Las fachadas que miran al mar son macizas y sólo tienen pequeñas aberturas, mientras que las interiores están totalmente abiertas y presentan una serie de arcadas superpuestas. La planta baja tiene un corredor abierto al patio mediante arcos rebajados que se corresponden con los arcos del primer piso que, en realidad, son ciegos, si bien se abren en el muro ventanas con dinteles arqueados. Cada uno de estos espacios está separado del siguiente por medio de sólidos contrafuertes y en contra de la pesadez que parece tendrían que imprimir al edificio, en realidad, le dan un ritmo muy original que aligera el inmueble. En el eje central y coronando el edificio se levanta una torre cuadrangular que se convierte en el elemento ordenador marcando la jerarquía de todo el conjunto.